
Desde que se pusieron de moda los llamados “Programas del Corazón” estamos asistiendo a una verdadera guerra de programación y contra programación entre las principales televisiones del Estado español. Todas ellas dedican uno o más programas, dentro de las consideradas “horas punta” a la emisión de espacios de este tipo, rivalizando con títulos lo más sugerente posible y contando con la colaboración de dos o tres periodistas “de titulación” –que no de verdadero desarrollo de tan ilustre profesión- y de algunos colaboradores que, pagados a precio de oro, se prestan a difundir cualquier tipo de rumor, con la posibilidad que la mayor de las veces hayan sido creados por ellos mismos, para más tarde, con un léxico barriobajero y talante chulesco y carcelario, defender o atacar el rumor, según el guión. No es necesario conocer la dinámica en la que se mueve cualquier medio de comunicación para darse cuenta de que dejando actuar de esa manera a los miembros visibles del equipo de ese tipo de programas –sin contrastar la noticia- se crea una cadena de “colaboradores voluntarios”, que no cobran ni un euro por participar en el espacio basura, y llenar de forma gratuita el tiempo de emisión, toda vez que la o las personas relacionadas con el rumor, bien lo estén de forma directa o indirecta –el vilipendiado o la vilipendiada, o los familiares o amigos íntimos- llaman a la emisora para desmentir el rumor sobre lo que se está diciendo durante la emisión de tan cultural programa. Y si por casualidad no llegan esas llamadas, el equipo de producción tratará de ponerse en contacto telefónico –y de hecho se ponen- con cualquiera de las personas mencionadas. Esa es la razón de que a veces, cuando el presentador o presentadora, tras anunciar a la audiencia la entrada de una llamada de teléfono, pregunta: “¿…para que llamas? ¿Qué quieres decirnos?”, y la persona que se encuentra a la espera contesta: “No, yo no he llamado. Me han llamado ustedes a mí”.
Lo más triste y bochornoso de todo lo que se mueve dentro del negocio de las televisiones no es solo la calidad de la programación, sino que el rumor o la mentira disfrazada de rumor que difunde cualquiera de los colaboradores asiduos de estos espacios televisivos hacen daño –moral e incluso económico- a la persona o personas que han elegido para “alimentar” la continuidad de los programas. Aún recuerdo como los profesores que teníamos en las Radios Escuelas (desgraciadamente dejaron de existir) nos repetían, una y otra vez, que nos convertiríamos en “Notarios de la actualidad”, y que, por esa razón, antes de dar una noticia teníamos que verificar la veracidad de la misma. Y nos recalcaban, una y otra vez, que “un guión puede ser una creación o una adaptación, pero la noticia tiene que ser real y, por tanto, veraz”.
De nada vale que los dañados por las mentiras, rumores o comentarios, denuncien en los Juzgados los hechos, pues o bien tales hechos no están tipificados o si lo están y el denunciado es condenado a indemnizar con una considerable cantidad de euros al demandante, el obligado a pagar se declara insolvente, pues ya tuvo la precaución de poner los bienes a nombre de terceras personas –tal vez asesorados por los mismos que ganan dinero a costa de tales programas- con lo que:
La cadena de televisión ganó audiencia y dinero; los colaboradores también ganaron dinero; y al darse el fenómeno de hechos encadenados, tienen material suficiente para emitir más programas y seguir ganando más audiencia y dinero. Lo triste es que quedó sembrada la duda sobre la persona o personas a la que despellejaron, aunque estos hubiesen denunciado el hecho y los tribunales hubiesen fallado a su favor, con lo que el daño causado se convierte, prácticamente, en irreparable.
La productora, la cadena de televisión, el presentador o presentadora y los colaboradores –difusores y posteriores “esclarecedores”- todos ellos son copartícipes en causar el daño, conculcando los derechos de muchas personas. Entre los muchos dañados por las mentiras o medias verdades que se vierten desde esos programas se encuentran los familiares de la victima escogida.
¿No es todo ello un claro indicio de la degradación moral y ética que está padeciendo la sociedad actual?
Antes se utilizaban mucho las conocidas frases de Karls Marx: “la religión es el opio del pueblo”, para referirse a aquello que, según dicho autor, le comía la cabeza a la clase trabajadora, pero ante lo que está ocurriendo con los llamados “programas del corazón” se me ocurren algunas preguntas:
¿Este tipo de programas no se ha convertido en “el opio del pueblo” para las personas menos preparadas culturalmente? ¿No se puede legislar de forma que ampararse en el secreto profesional deba ser utilizado ante la ley sólo en aquellos casos en que se contraste que la noticia es veraz? ¿No se puede legislar para endurecer las penas y que en caso de alegarse insolvencia económica las mismas sean de cárcel? ¿No es posible tipificar como delito grave la difusión y propagación del rumor, máxime si se demuestra que el mismo es falso? ¿no se pueden endurecer las sanciones económicas hasta el punto de triplicar el valor de los posibles beneficios obtenidos por la empresa difusora debido a la emisión del programa en cuestión? ¿No sería la manera de limpiar un poco de basura de la llamada caja tonta, y de paso hacer posible que el periodismo se utilice para el fin que fue creado: informar con veracidad de todo aquello que acontece y sea considerado de interés público?
Saludos, PANTA.































